Lavadero de Azagra Camino Mitad

El lavadero de Azagra

Supongo que, cuando yo lo conocí, había entrado ya en su fase de decadencia. Por eso, en mis lejanos y borrosos recuerdos infantiles, el viejo lavadero municipal, situado en el sótano de la desaparecida casa del médico, emerge como un antro un tanto tenebroso, en el que predominaban las telarañas y las ratas, y por el que algunas de las vaquillas más osadas del encierro sentían una particular querencia. Ya se sabe, sin embargo, que los lugares, como las personas, tienen su historia. Y aquel semiabandonado espacio de mi niñez había gozado de innegables momentos de esplendor. Realicemos, pues, un viaje en el tiempo que nos transporte cien años atrás.

Fue entonces cuando se construyó un flamante lavadero cubierto, dotado de dos amplios pilones en paralelo, que recibían las límpidas aguas del Río Arriba, y que pronto se convirtió en lugar propicio para la tarea, pero también para la reunión, la charla ininterrumpida y la convivencia entre mujeres de todas las edades. No es difícil imaginar el envidiable estilo con el que ellas caminaban airosas —el balde de ropa sucia en la cabeza, apoyado en una arpillera adecuadamente enrollada— llevando en la mano el pozal con todos los elementos necesarios para dejar la ropa familiar como los mismísimos chorros del oro. Una vez en el interior del recinto cada una ocupaba su sitio hincándose de rodillas sobre un saco con algo de paja o sobre un cajón para evitar el contacto directo con el suelo. A partir de ahí, daba comienzo una dura faena que, en síntesis, comprendía el enjabonado y el consiguiente frotado de la ropa, el enjuagado y aclarado posterior, la inmersión en lejía y un último toque de azulete para blanquearla.

… el lavadero, y las vivencias con él asociadas, suscitara en las mujeres que lo frecuentaron recuerdos entrañables

Es curioso, sin embargo, que el lavadero, y las vivencias con él asociadas, suscitara en las mujeres que lo frecuentaron recuerdos entrañables más allá del frío, de las inevitables reclabazas y sabañones, del cansancio acumulado tras largas horas de tarea interminable. Y es que aquel espacio femenino por antonomasia —en el que solo esporádicamente se dejaba caer algún mozo enamoradizo, ansioso por atrapar una furtiva mirada de la muchacha de sus sueños— constituía en realidad una especie de gineceo, un ámbito privilegiado para la iniciación y el aprendizaje de lo que por entonces se consideraban los roles clásicos de la mujer.

Texto ©Luis Sola Gutiérrez | Imagen Wikipedia